Al planificar la venta de una empresa, el foco suele ponerse en la facturación o el beneficio. Sin embargo, la calidad de la deuda es uno de los factores que más influye en el precio final y la viabilidad de la operación. Un comprador profesional no solo mira cuánto debes, sino por qué lo debes. Entender la diferencia entre una deuda que sostiene el valor y una que lo resta es vital para cualquier empresario que busque una desinversión exitosa.
1. Las tres dimensiones de la deuda: económica, fiscal y jurídica
Desde el punto de vista económico, la deuda es una herramienta de financiación que puede apalancar el crecimiento y mejorar el rendimiento del capital propio. No obstante, si no está alineada con la generación de caja, se convierte en una carga crítica.
En términos contables, la clasificación entre deuda corriente y no corriente (financiera o comercial) a menudo oculta matices: un préstamo a largo plazo con carencia puede ser más saludable que una deuda comercial vencida sin acuerdo de pago.
Fiscalmente, los pasivos tienen implicaciones profundas. El tratamiento de los intereses, los préstamos entre partes vinculadas o los préstamos participativos afectan directamente al Impuesto sobre Sociedades y pueden generar contingencias que el comprador analizará con lupa. Finalmente, desde la óptica jurídica, es vital revisar las garantías personales, avales cruzados y cláusulas de vencimiento anticipado que respaldan cada deuda.
2. Clasificación estratégica: ¿Qué tipo de deuda tiene tu empresa?
Para defender el relato financiero de la compañía, conviene diferenciar claramente los tipos de pasivos:
Deuda operativa vs. deuda financiera: La primera surge del ciclo natural del negocio; la segunda, de instrumentos financieros. Un ratio equilibrado de deuda operativa es signo de gestión eficiente.
Deuda productiva vs. deuda improductiva: Si la deuda impulsó el crecimiento o adquirió maquinaria, se ve positivamente. Si proviene de pérdidas recurrentes, restará valor.
Deuda estratégica vs. deuda heredada: Separar los pasivos que forman parte de una estrategia clara de aquellos acumulados por inercia es fundamental para el vendedor.
Deuda exigible vs. contingente: Las contingencias fiscales o laborales que no aparecen en el balance, pero que pueden materializarse, son un riesgo latente.
Deuda bancaria vs. deuda privada: Los préstamos de socios o entidades vinculadas deben estar perfectamente formalizados para no generar suspicacias.
3. ¿Qué busca el comprador en tu pasivo?
El comprador no teme a la deuda, sino a la falta de control sobre ella. En el análisis del Enterprise Value para llegar al Equity Value, el comprador descontará la deuda neta, por lo que cada euro de deuda mal estructurada impacta directamente en el dinero que recibe el vendedor.
Al comprador le interesa saber:
Si la deuda es sostenible respecto al EBITDA o al flujo de caja.
Si existen impagos o morosidades significativas.
Si hay vencimientos próximos que obliguen a una refinanciación inmediata.
Si existen pasivos ocultos que puedan surgir tras el cierre.
4. Estrategias para convertir «deuda mala» en «deuda buena»
Es posible, y muy aconsejable, mejorar la calidad de la deuda antes de salir al mercado. Algunas estrategias eficaces incluyen:
Renegociar con acreedores: Alargar plazos o mejorar condiciones para dar aire a la tesorería.
Capitalizar deudas de socios: Evitar que aparezcan como pasivos exigibles mediante aportaciones al capital.
Reordenar las finanzas: Agrupar créditos o eliminar pequeñas deudas que generan «ruido» contable.
Formalizar préstamos: Asegurar que los créditos intragrupo o personales tengan soporte legal y fiscal.
Conclusión: La deuda como reflejo de profesionalidad
La deuda no es, en sí misma, una mala noticia. Una deuda bien gestionada y explicada es signo de crecimiento y madurez empresarial. Sin embargo, la improvisación en este área suele salir cara en forma de ajustes de precio o retirada de ofertas. Quien quiere vender bien, debe entender su deuda y mejorarla antes de invitar a terceros a mirar sus cuentas.
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